Motores pequeños en tamaño y cilindrada, pero con mucha potencia y bajo consumo, resultan una respuesta inteligente para equipar todo tipo de vehículos y cumplir con las exigentes normas antipolución.
Por Claudio Vulcano, director de Manufactura General Motors Argentina
Las normas antipolución le cambiaron la cara al mundo automotor desde la década de 1990 del siglo pasado, cuando entraron en vigencia en Europa y Estados Unidos, y luego en el resto del planeta. La primera gran “víctima”, por ejemplo, fue el carburador, que debió dejar paso a la inyección electrónica de combustible.

Las regulaciones de las emisiones contaminantes se fueron haciendo gradualmente cada vez más exigentes, por lo que reducir el consumo de combustible resultó vital. Esto puso en tela de juicio a los motores de combustión interna de cilindradas medias y grandes (mayores a 1,6 litros), que se potenció con un factor económico: en muchos países (Brasil, por ejemplo), los modelos de baja cilindrada pagan menos impuestos.
Desde hace unos quince años, fabricantes como General Motors, más allá del horizonte del desarrollo de vehículos ciento por ciento eléctricos, comenzaron a forjar una idea para bajar las emisiones de los propulsores nafteros de sus modelos a la venta: el “downsizing”. La miniaturización de los motores, tanto en tamaño como en cilindrada. Se trata de una alternativa más sustentable mientras avanzan en el desarrollo de los autos eléctricos y autónomos para alcanzar el objetivo Cero Emisiones para el año 2040.
Es en este contexto que comenzaron a surgir propulsores de entre 1,0 y 1,6 litros de cilindrada que incorporan un elemento clave para el downsizing: el turbocompresor.
¿Qué es y para qué sirve el turbo? Es una turbina movida por los gases de escape que sirve, precisamente, para comprimir el aire que es necesario mezclar con la nafta para conformar el combustible que usan los vehículos. Sin entrar en demasiadas consideraciones técnicas, el turbocompresor hace que el motor produzca mayor potencia que otro que no cuenta con este elemento.
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¿Cuál es el objetivo de la fórmula downsizing más turbo (o “turbonafteros”)?: alcanzar potencias elevadas y bajo consumo con poca cilindrada. En otras palabras, que el motor entregue más fuerza (torque) y potencia a menor régimen, lo que se traduce en mayor agilidad y reacción al acelerar, con la mínima contaminación posible.
La otra gran ventaja de estos motores turbonafteros es que son mucho más livianos y compactos. El ahorro de peso también hace gastar menos combustible. Para mejor, un motor compacto hace que se gane espacio para diseñar un habitáculo más grande y confortable para los pasajeros.
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Por otro lado, este tipo de motores turbonafteros produjo otra tendencia: diseñar propulsores de tres cilindros. Esto permite contar con cilindradas unitarias (la de cada cilindro) más grandes, lo que permite un mejor control de la temperatura de trabajo del impulsor, a la par que resulta más pequeño que una clásica planta motriz de 4 cilindros.
En nuestro país, la SUV Chevrolet Tracker, que se fabrica en el Complejo Industrial Automotor de Alvear, Santa Fe, es un perfecto ejemplo de esta tecnología con su motor turbo de 3 cilindros en línea y 1,2 litros de cilindrada, que desarrolla una potencia de 132 CV y un torque de 190 Nm a solo 2.000 rpm. Este mismo propulsor es utilizado por la pickup Chevrolet Montana de reciente lanzamiento.
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Con la misma filosofía, el Chevrolet Onix Premier cuenta con un pequeño motor 1.0 turbo que, sin embargo, entrega una generosa potencia de 116 CV y un elevado torque de 160 Nm. También el mediano Chevrolet Cruze apela a la fórmula downsizing turbo con su propulsor de 4 cilindros 1.4 y 153 CV de potencia máxima.
En síntesis, el “downsizing”, es decir la miniaturización de los motores es una alternativa que tiene en cuenta el cuidado del medioambiente y por lo tanto se ha popularizado mientras se avanza hacia una movilidad más sustentable.